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FRIENDS&FILMS: LA TRILOGÍA DEL DÓLAR de CALLAHAN RUIZ

03/01/2012

David Ruiz, ‘aka’ Callahan Ruiz

Fui a un colegio de monjas y por eso me gustan las pelis de la Cannon Group, y los 80 en general, sobretodo el porno ‘con pelo de ahí’. A los 16 años, cuando los videoclubs aún eran templos sagrados del VHS, y los cines montaban sesiones dobles descubrí a mi santísima trinidad: Eastwood, Leone y Carpenter. En mi mesita de noche tengo una figura de Robocop y una foto de Tracy Lords firmada. La verdad está ahí fuera, y por ese motivo llevo años preparado para el apocalipsis zombi. Lost y Fringe son un truño. Historiador, realizador, guionista y redactor defensor de la Fuerza en el blog de cine Els Bastards, deseo tener un DeLorean sobre todas las cosas, y poseer eternamente a la Jane Fonda de Barbarella. Y a Katy Perry. He hecho algunos cortos, y el largo Festí de Sang. Justo acabo de elaborar un segundo guión de largo, y estoy enfrascado en la producción de Scalletti: Girona Connection, de estreno el próximo septiembre en el Cinema Truffaut de Girona, lo que pretende ser una webserie de humor absurdo y una parodia de los films y seriales policíacos de los 70 y 80. Como aún así me aburro, también formo parte de la cúpula del ACOCOLLONA’T, la Setmana de Cinema Fantàstic i de Terror de Girona. ¡Yipikayey, hijos de p…!

LA TRILOGÍA DEL DÓLAR

Recuerdo con nostalgia que allá por la década de los ochenta, el ocio del finde lo tenía distribuido en franjas horarias muy concretas; la primera empezaba durante la sobremesa de los sábados con D’Artacan y los tres Mosqueperros, y más tarde con La vuelta al mundo de Willy Fog; proseguía con unas partiditas en mi querido Spectrum 128-K, y una merecida merienda; y culminaba engullendo el nuevo episodio de V, McGyver o El Equipo A. Los domingos, por contra, estaban reservados al cine, siendo mi querido y añorado abuelo Paco quién, sin ser un cinéfilo de aúpa, me fue introduciendo poco a poco en ese mundo de sueños y paranoias en movimiento. Por aquella época, el cine La Cate de Figueres montaba unas grindhouse de lo más surrealistas. La primera peli era la de Cine de Barrio; desde Manolo Escobar a Joselito, pasando por Marisol y Paco Martínez Soria; un amplio y variado muestrario de cine españolito impactó con fuerza, por aquellos años mozos, en mis retinas. Y en mi cerebro. Un tipo de cine que, bromas a parte, y revisado la gran mayoría de lo perpetrado hoy aquí, ha sido injustamente infravalorado. La segunda peli era la buena de verdad; grandes éxitos B del cine internacional con Godzilla y su tropa, ninjas y Kung-fu del chungo, Fu Manchú y Fantômas a dolor, todo Louis de Funes, y mucho black explotation y spaghetti western. Sobretodo esto último. Aquí descubrí a los grandísimos Bud Spencer y Terence Hill. Y sobretodo al mítico, al inigualable, al único ‘hombre sin nombre’.

 Sí amigos, mi peli son tres, las que conforman la llamada trilogía del dólar: Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966). Cuando el amigo Cinto me pidió que escribiera sobre mi peli preferida, o la que más me había marcado, me hizo un poco una ‘hijoputada’, como diría el sargento de artillería Thomas Highway, pues nunca antes me había comido la olla ante tal quimérico planteamiento. He de reconocer que al principio quise hablar de Tracy in Heaven (1985), donde vi por primera vez a Tracy Lords soplando un clarinete, pero hablar de una peli porno en la que su starlette era una menor de 16 años con cuerpo de 22 que falseó su edad a todo el mundo, no me parecía muy elegante. Aunque de pensar nuevamente en ella se me ha puesto dura… Soy consciente que me estoy enrollando sólo, y empiezo a estar harto de tanto onanismo. ¿Por qué la trilogía del dólar?

 Por Sergio Leone, director italiano hasta la fecha desconocido que, partiendo del clásico de samuráis Yojimbo (1961) del maestro Kurosawa, inició una renovación sin concesiones, en teoría más hiperbólica y sucia y a la postre más cercana a la historia, del westerm carrinclón y de cartón-piedra que llegaba entonces de Hollywood, empolvando a los personajes en unos decorados naturales (parajes almerienses, la mayoría, que os recomiendo visitar alguna vez en la vida), violentándolos en historias sangrientas de ingeniosas resoluciones, estirando los planos hasta la exageración, abusando del primer plano y del zoom, y dándole a la música y al montaje respectivamente un protagonismo y un sentido del ritmo que crearon escuela.

 Por Eastwood, otro desconocido hasta la fecha, antihéroe rudo y parco en palabras, con barba de una semana, mirada de palo, caminares desgarbados, cigarro-casi-colilla en la boca, y un poncho feo y polvoriento como atuendo principal por el que muchos hoy estaríamos dispuestos a vender nuestra alma. Y nuestro culo. Su carisma le permitió renovar el perfil de tío duro (aún hoy vigente) explotándolo con éxito durante toda su carrera, y en base al cual se atrevió a abordar registros y roles mucho más complejos, pasando del desprecio general de la industria al más absoluto reconocimiento. Icono y leyenda viva. Cineasta total. Harry Callahan.

 Por Morricone, dios de la música y genio de la melodía fílmica, sus composiciones, lejos de perderse en el olvido, resurgen vigorosas año tras año y son motivo de parodias y homenajes interminables, sin duda el premio de la eternidad. En la trilogía del dólar, supo expresar la muerte, el dolor, el odio, la nostalgia, la venganza, y muchos otros sentimientos hasta la fecha ninguneados musicalmente por la impersonalidad de las composiciones de sus colegas americanos. Como los otros dos, también éste creó un estilo propio exaltando las emociones, transcribiéndolas de tal manera que los personajes hablaban sólo con su música. Que ninguna de sus composiciones haya ganado nunca un Oscar, es un insulto imperdonable a la música, al cine y a mi mismo.

 Los duelos finales de las tres películas, entre otras muchas escenas, se erigen como claros exponentes de todo lo enunciado, sobretodo el de La muerte tenía un precio, obra imprescindible, lección de cine, pura esencia spaghetti.

Callahan Ruiz

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