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Relat inèdit: PUÑO


 RELATO I

“La violencia seduce, hay que asumirlo. 

Es totalmente gráfica y por eso se utiliza tanto.”

Quentin Tarantino

Puño habia hecho su trabajo, le rompió las piernas al tipejo y le pagaron una buena suma por ello. Para celebrarlo fue a La Gatita Rosa. Era un buen puticlub, discreción y chochos nuevos cada mes. Llegó temprano. No había mucha clientela aún. Se sentó en la barra, se pidió un güisqui y las niñas empezaron a desfilar. Todas rondaban los veinte años, eran del este y marcaban costillas. Acabado el cuarto “on the rocks” , y con la polla bien dura, escogió la de cara de muñeca y tetas porno . El alcohol lo habia anestesiado un poco, pero su pene estaba al rojo vivo. La penetró dos veces por delante y una por detrás. La chica no parava de chillar de dolor y eso le excitaba aún más. Tuvo que contenerse para no soltarle una buena bofetada. Eyaculó con un gruñido Y mientras la puta se secaba el coño le tiró un billete de propina y volvió abajo. Tenía ganas de un par de tragos más, hasta quizás se animaba para otro polvo.

-Otro igual.
-Esos dos- señaló el barman con la barbilla distraidamente- han preguntado por tí. Quieren proponerte un trabajillo, creo.

Puño recogió el vaso y se sento en la mesa del rincón con un calvo y un engominado.

-Tengo ganas de beber y follar, sed claros.
-Me gusta tu estilo.- sonrió el calvo.
-A mi el tuyo no. Habla.
-¿Te importa matar?
-Depende del precio.
-¿Y a una mujer?
-No soy sexista.
-¿Cuánto?
-¿Quién?
-¿A caso eso importa?
-Ocho mil en mano. Por adelantado.

Puño se bebió medio vaso de un trago. El Engominado se levantó para ír al baño.

-Tienes hasta mañana al mediodía. No queremos testimonios. Hazlo como te salga de los huevos. Si te pillan no nos conocemos. Si nos fallas te encontraremos.

Puño y el Calvo se sostuvieron la mirada. Volvió el Engominado, sacó un sobre de la americana, se lo pasó al Calvo y este lo dejó encima de la mesa.

-Tienes la dirección en la solapa y una foto en el interior. ¿Alguna pregunta?

Puño se guardó el sobre en el bolsillo trasero del tejano y se piró. Dentro el coche se encendió un cigarrillo mentolado. Dió un par de caladas mientras se estudiaba la foto. Un rostro bonito, de unos treinta y pocos, muy fino. En sus buenos tiempos debió de estar muy buena. Pudo preguntarse que había hecho aquella pobre desgraciada, pero en su lugar encendió el motor; no cobraba suficiente para pensar. El piso se encontraba en la periferia, un barrio marginal. Subió por la escaleras, descorchadas y esquinas meadas. Golpeó la puerta con fuerza. Abrió ella, con la cadenilla puesta.

-Vayase o llamaré a la policía.
-Apartese.

Puño cogió carrerilla y empujó con el hombro. Los eslabones acabaron retintineando en el suelo. El recibidor estaba mal iluminado. Ella vestía solo una bata rosa. Rostro desencajado. Un mocoso salió de la nada y se lanzó a sus brazos.
-¿Nos va a matar igual que a papá?
-No, peque , no. ¿Verdad?- sus ojos se clavaron en él.
-No se mentir. ¿Tiene a alguien con quien dejarlo?
-Le ha pagado ese mafioso, ¿cierto? No descansará hasta acabar con todos. No quedó satisfecho matando a mi esposo delante nuestro que ahora quiere acalalrnos por si a caso. Venga, pues, adelante.

Puño avanzó un paso, la mujer retrocedió dos.

-¿Lo mató delante de ustedes?
-Él no, uno de sus esbirros. Es demasiado elegante para ensuciarse las manos.
-¿Dónde puedo encontrarlo?

Puño condujo por las calles vacias hasta salir de la ciudad. Era un palacete con jardín y piscina. Rodeó el muro hasta encontrar por dónde trepar. Ladridos. De la oscuridad apareció un doberman. El perro saltó con las fauces bien abiertas. Aún en el aire, él le aplastó el morro con sus nudillos. El can empezó a retorcerse en el desped. Un problema menos. Avanzó hasta la entrada lateral. Con un codazo rompió el cristal, coló la mano y abrió. Una alrma. Andó hasta dar con el recibidor. Ecos de pasos. En lo alto de la escalera apareció un barrigón en pijama armado con una escopeta.

-¡¿Quién cojo…?!

Puño tiró el sobre al suelo.

-Su dinero. No puedo matarla.
-Hijo de la gran puta, me la suda si puedes o no, esto no son maneras.
-¿Sabía que lo mataron con su esposa e hijo delante?
-Son cosas que pasan.

Puño crujió los huesos de sus espalda. El viejo apuntó, disparó y falló. Puño empezó a subir los escalones con parsimonia. El fofo tropezó al dar un paso atrás.

-Le daré todo lo que me…

Puño lo cogió por los pelos de la coronilla. Gritos de dolor. Le espetó el craneo contra la barandilla de madera. Astillas y sangre. Lo atrapó por el cuello, lo levantó a pulso Y metió una patada a los barrotes. Avanzó un poco hasta dejar los pies del gordo suspendido a tres metros del suelo.

-No me suelte, yo…- dijo ahogadamente el seboso.

Puño abrió la mano. Un golpe seco. Huesos rotos. Rebentó por dentro. Su ultimo suspiro se acompaño con busburjas rojas.

-Son cosas que pasan.

Puño salió andando. A lo lejos los lamentos del perro. En el coche se limpió la sangre con un trapo. Nada grave. Condujo con el rostro
prieto. Llegó al piso. Al oír sus pasos se asomó la mujer.

-Parece herido. ¿Está bien?
-No volverán a molestarla.
-Pase.- dijo abriendo la puerta de par en par.

Puño la siguió hasta el comedor.

-No haga mucho ruido, el niño duerme.

Puño cogió una botella de la mesa y le pegó un buen par de tragos.

-No sé quien es usted. Ni porqué lo ha hecho. Pero gracias.

Puño echó otro trago.

-¿Cómo puedo recompensarselo?

Puño le apartó la bata para verle los pechos. Se los palpó. La bata acarició su suave piel, deslizándose, hasta posarse alrededor de sus pies desnudos. Ella se arrodilló. Desabrochó la cremallera de su pantalón y buscó a tientas su miembro viril. No tardó en encontrarlo y sacarlo. Lo lamió. Cuando intentó meterselo en la boca le fue imposible, no cabia en su boquita de piñon.

-Girate, por detrás.

Puño se fue dos horas después, satisfecho.

-Gracias- murmuró ella, sentada en un rincón del sofá, solo cubierta con un cojín. Lloró y sonrió hasta que salió el sol.

texto: Jacint Casademont

ilustraciones: Bernat Costa

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